Desde muy pequeña siento una atracción inevitable por el ombú. La primera imagen que aparece con fuerza en mi mente es de cuando tenía alrededor de seis años y una vez por semana iba a mis clases de pintura y cerámica. El curso era en un museo muy bonito donde lo más impactante era su inmenso jardín (sobre todo para las proporciones de una niña de seis años). Tan hermoso era que unos minutos antes de finalizar la clase nos dejaban ir a recorrerlo y jugar en sus escondites y esculturas. Además, dicho jardín tenía un “laberinto” en cuyo centro se encontraba un añejo y gran ombú. Cuando llegábamos a él siempre sentía una gran emoción. Al treparme por sus ramas y escabullirme por sus rincones me invadía una sensación tan profunda de protección y de vida que me superaba abiertamente.
Mi enamoramiento en parte se debía a que siempre había permanecido allí y nadie recordaba desde cuándo (a pesar de su cartelito indicando sus 500 años). También por su cercanía, ya que a pesar de su gran tamaño y altura, sus ramas tocan el suelo para que cualquiera pueda acercársele, conocerlo y utilizarlo como refugio. Ciertamente el ombú tiene algo especial, una esencia difícil de descifrar. Tanto es así que ni hasta los biólogos pueden ponerse en acuerdo en si se trata de un árbol, un arbusto o una hierba.
Pienso en el ombú, y pienso en miles de cosas. Miles de escenas, de sensaciones y sentimientos. Pienso en su madera blanda, en el día que estaba enojada conmigo misma y me golpeé la cabeza con una de sus ramas y me hizo llorar y descargar toda mi angustia, en el día que escribí un cuento. El ombú en el medio de la llanura, esa sombra en medio del desierto. El oasis del que mana el descanso y la sabiduría. Pienso en el ombú y pienso en la magia de la realidad, en ese reencuentro magnifico que significa entender que muchas cosas siempre estuvieron allí, a pesar de nuestro gran esfuerzo por encontrarles muerte y origen como al universo. Pienso en esa noche, en donde todo era quietud y alegría y nos atemorizábamos por compartir las verdades en las simplezas que nos rodean, inadvertidas, pero que siempre están allí en nuestras historias, extendiéndonos sus ramas para que trepemos hasta lo alto del cielo.