Eso lo dijo la presidenta.
En su discurso agregó que la Argentina “tiene capacidad de producir de alimentos para 500 millones de personas y se puede convertir en una multinacional de alimentos”, al hacer su ponencia en la V Cumbre de Presidentes de América Latina y la Unión Europea que fue inaugurada hoy en la República del Perú.
Cosas a debatir:
* Discutir y reclamar por el asuguramiento de la soberania alimentaria del país, alimentos baratos para todos y de calidad.
* Desalentar el monocultivo transgénico de soja y el uso de agrotóxicos, ¡diversidad!
* Implemetar una política agraria que beneficie a los sectores más perjudicados a los excluidos por el agronegocio y las comunidades indígenas.
Abro la conversación a todos los interesados, es un tema más que importante para debatir…
Como dice Boaventura:
“Los ciudadanos tienen que comenzar a privilegiar los mercados locales, a rechazar en los supermercados los productos que vienen de lejos, a exigir del Estado y de los municipios la creación de incentivos a la producción agrícola local, a exigir que las agencias nacionales de seguridad alimentaria, donde las haya, entiendan que la agricultura y la alimentación industriales no son el remedio contra la inseguridad alimentaria. Bien por el contrario, son su causa.”
Etiquetas: agrocombutibles, agronegocios, campo, soberanía alimentaria
Mayo 16, 2008 a las 8:51 pm |
Un hambre infame
Por Boaventura de Sousa Santos *
http://static.pagina12.com.ar/fotos/20080516/notas/na40fo01.jpg
Conocido hace tiempo por los que estudian la cuestión alimentaria, el escándalo finalmente estalló en la opinión pública: la sustitución de la agricultura familiar, campesina, orientada a la autosuficiencia alimentaria y a los mercados locales, por la gran agroindustria, orientada al monocultivo de productos de exportación (flores, soja, etc.), lejos de resolver el problema de la alimentación mundial, lo agrava. Habiendo prometido erradicar el hambre del mundo en veinte años, hoy nos enfrentamos con una situación peor de la que existía hace cuatro décadas. Cerca de un sexto de la humanidad pasa hambre: según el Banco Mundial, 33 países están al borde de una crisis alimentaria grave; aun en los países más desarrollados los bancos de alimentos están por perder sus reservas; y volvieron las revueltas del hambre, que en algunos países ya causaron muertes. Mientras tanto, la ayuda alimentaria de la ONU hoy está comprando a 780 dólares la tonelada de alimentos que en marzo pasado compraba a 460 dólares.
La opinión pública está siendo sistemáticamente desinformada sobre este tema para que no se dé cuenta de lo que está pasando. Es que lo que está pasando es explosivo y puede ser resumido del siguiente modo: el hambre del mundo es la nueva gran fuente de lucro del gran capital financiero, y sus ganancias aumentan en la misma proporción que el hambre.
El hambre en el mundo no es un fenómeno nuevo. Desde la Edad Media hasta el siglo XIX fueron famosas en Europa las revueltas del hambre (con el saqueo de comerciantes y la imposición de la distribución gratuita del pan). Lo que es nuevo en el hambre del siglo XXI son sus causas y el modo en que las principales son ocultadas. A la opinión pública se le ha informado que el hambre está ligado a la escasez de productos agrícolas, y que ésta se debe a las malas cosechas provocadas por el calentamiento global y las alteraciones climáticas; al aumento del consumo de cereales en la India y en China; al incremento de los costos de los transportes debido a la suba del petróleo; a la creciente reserva de tierras agrícolas para producir agrocombustibles. Todas estas causas han contribuido al problema, pero no son suficientes para explicar que el precio de la tonelada de arroz se haya triplicado desde el inicio de 2007.
Estos aumentos especulativos, como los del precio del petróleo, son el resultado de que el capital financiero (bancos, fondos de pensiones, fondos hedge de alto riesgo y rendimiento) ha comenzado a invertir fuertemente en los mercados internacionales de productos agrícolas, tras la crisis de la inversión en el sector inmobiliario. En articulación con las grandes empresas que controlan el mercado de semillas y la distribución mundial de cereales, el capital financiero invierte en el mercado de futuros con la expectativa de que los precios continuarán subiendo y, al hacerlo, se refuerza esa expectativa. Cuanto más altos sean los precios, más hambre habrá en el mundo, mayores serán las ganancias de las empresas y los retornos de las inversiones financieras. En los últimos meses, los meses en que aumentó el hambre, las ganancias de la mayor empresa de semillas y cereales aumentaron un 83 por ciento. O sea, el hambre de lucro de Cargill se alimenta del hambre de millones de seres humanos.
El escándalo del enriquecimiento de algunos a costa del hambre y la subnutrición de millones ya no puede ser disfrazado con “generosas” ayudas alimentarias. Tales ayudas son un fraude que encubre otro mayor: las políticas económicas neoliberales que hace treinta años vienen forzando a los países del Tercer Mundo a dejar de elaborar los productos agrícolas necesarios para alimentar a sus propias poblaciones y a concentrarse en productos de exportación, con los cuales ganarán divisas que les permitirán importar productos agrícolas… de los países más desarrollados. Quien tenga dudas sobre este fraude, que compare la reciente “generosidad” de los Estados Unidos en la ayuda alimentaria con su consistente voto en la ONU contra el derecho a la alimentación reconocido por todos los demás países.
El terrorismo fue el primer gran aviso de que no se puede continuar impunemente con la destrucción o el robo de la riqueza de algunos países para beneficio exclusivo de un pequeño grupo de países más poderosos. El hambre y la revuelta que acarrea parecen ser el segundo aviso. Para responder eficazmente será necesario poner fin a la globalización neoliberal tal como la conocemos. El capitalismo global debe volver a sujetarse a reglas que no sean las que él mismo establece para su beneficio. Debe exigirse una moratoria inmediata en las negociaciones sobre productos agrícolas en curso en la Organización Mundial del Comercio. Los ciudadanos tienen que comenzar a privilegiar los mercados locales, a rechazar en los supermercados los productos que vienen de lejos, a exigir del Estado y de los municipios la creación de incentivos a la producción agrícola local, a exigir que las agencias nacionales de seguridad alimentaria, donde las haya, entiendan que la agricultura y la alimentación industriales no son el remedio contra la inseguridad alimentaria. Bien por el contrario, son su causa.
* Doctor en Sociología, catedrático de las universidades de Coimbra (Portugal) y de Wisconsin (EE.UU.).
Mayo 23, 2008 a las 9:48 am |
Multinacionales agrícolas generan bioesclavitud
Mientras 2 mil millones de personas sufren la crisis alimentaria, las multinacionales agrícolas obtienen ganancias superiores a 40 mil millones de dólares anuales. El delegado de las cinco agroindustrias que operan en México afirma que el “auge” apenas comienza. La dependencia tecnológica en la agricultura obliga a los campesinos de México a adquirir semillas genéticamente modificadas a un precio mayor que el de las tradicionales; esa práctica privatiza el derecho a la vida, estiman especialistas. En contraste, las multinacionales agrícolas asentadas en el país argumentan que éste es el negocio del futuro que, además, contribuye a promover la tecnología.
Multinacionales agrícolas generan bioesclavitud
Por Nydia Egremy
Mientras 2 mil millones de personas sufren la crisis alimentaria, las multinacionales agrícolas obtienen ganancias superiores a 40 mil millones de dólares anuales. El delegado de las cinco agroindustrias que operan en México afirma que el “auge” apenas comienza.
La dependencia tecnológica en la agricultura obliga a los campesinos de México a adquirir semillas genéticamente modificadas a un precio mayor que el de las tradicionales; esa práctica privatiza el derecho a la vida, estiman especialistas. En contraste, las multinacionales agrícolas asentadas en el país argumentan que éste es el negocio del futuro que, además, contribuye a promover la tecnología.
El servicio PRNewswire informó que, el 31 de marzo pasado, la empresa líder en tecnología genética Monsanto acordó la compra del grupo holandés De Ruiter Seeds Group BV, por 546 millones de euros (alrededor de 840 millones de dólares).
Apenas 29 días después, Robert B. Zoellick, presidente del Banco Mundial, anunció que los elevados precios de los alimentos “son cuestión de supervivencia para 2 mil millones de personas”, y pidió recaudar 755 millones de dólares para que el Programa Mundial de Alimentos atienda la crisis alimentaria que “será crucial” en las próximas semanas.
Con esa lógica “condenamos a la población a grandes hambrunas y a la posibilidad de una esclavitud; es lo que Marx denominó subsumisión formal del trabajo al capital”, dice la doctora Rosa María Romero Cuevas, coordinadora de la maestría en educación ambiental de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.
En los laboratorios de esas agroindustrias globales se crean los organismos genéticamente modificados (OGM) por medio de la citogenética, biología molecular y biotecnología. En estos lugares, por ejemplo, se corta el ADN del escorpión que genera su veneno y se adhiere al maíz; lo mismo ocurre con el tomate, al que se le fija la parte de ADN del salmón para que resista al agua fría y se evite su rápida descomposición, explica el doctor en economía ecológica y gestión ambiental por la Universidad Autónoma de Barcelona, Gian Carlo Delgado.
El también especialista en asuntos de competencia intercapitalista y sus contradicciones, considera que en estos casos “ya hay una violación de barreras entre reinos y no conocemos cuál será el futuro para los seres humanos y su hábitat. También debe observarse que los trabajos genéticos se hacen en laboratorios privados, la mayoría de ellos subsidiados”.
Estas investigaciones se originaron en el Departamento de Agricultura de Estados Unidos, que trabajó con laboratorios públicos y privados. Así ocurrió con el Delta and Pine (que más tarde pasó a Monsanto): además de recibir subsidios del Estado, obtuvo estudios hechos por el sector público del germoplasma vinculado a las semillas modificadas.
“Como es un gran negocio, volvieron a darles subsidios y así se involucró al sector industrial privado, que se benefició porque las semillas modificadas rompían la tendencia de mantenerse fértiles cada ciclo, y más tarde esa facultad se limitó a tres ciclos como máximo”; hoy, la semilla modificada ya no es fértil y el consumidor depende de las que compra al sector privado, abunda el investigador.
En México, los grandes monopolios agropecuarios y agroindustriales extranjeros (Monsanto, Bayer, Syngenta, Nestlé, Unilever, Cargill, Novartis, Zeneca, Agroevo y DuPont, entre otras) invierten en el ramo biotecnológico y recuperan su inversión con las ventas.
El informe de Europress del 2 de abril pasado señala que Monsanto duplicó sus ganancias, al obtener un beneficio neto de 1 mil 129 millones de dólares (casi 724 millones de euros) en el segundo trimestre de su ejercicio fiscal.
Rosa María Romero dice que ya “surgió una nueva forma de dominio de unas cuantas firmas sobre la humanidad, y eso amenaza más a la subsistencia de la mayoría, pues muchísimas personas dependen de la autosuficiencia alimentaria”.
El gran problema de la investigación en modificación genética de las plantas y animales, indica, es que “se legaliza la apropiación privada de la vida; ocurre con los organismos genéticamente modificados y con los no modificados a través de las multinacionales”.
Añade que los corporativos se apropian de la información genética y del conocimiento tradicional que poseen las comunidades sobre la flora silvestre, “las manipulan genéticamente y registran las patentes como propiedad intelectual privada. Estamos ante la apropiación privada de la biodiversidad, y cuando crean un organismo transgénico nos preguntamos: ¿la naturaleza puede pertenecer a alguien? La naturaleza es un patrimonio de la humanidad; no puede convertirse en mercancía”.
Otro riesgo de los organismos genéticamente modificados es que al extenderse como monocultivos acaban con la biodiversidad local. “Ahí radica la bioesclavitud, que sería una forma disfrazada del libre comercio”, explica.
El informe GEO 2007, del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, advierte que el riesgo “en la extracción de recursos naturales que se exportan a diferentes sitios para su procesamiento, más tarde vuelven a ser exportadas hacia sus lugares de origen, pero a un costo mayor para los pueblos originarios”.
México, cautivo
Gian Carlo Delgado cuenta que en la década de 1970, cuando el exsecretario de Defensa estadunidense Robert McNamara presidió el Banco Mundial (1968-1981) y promovió la llamada “revolución verde”, México admitió las semillas mejoradas. Entonces se afirmó que éstas aumentarían las cosechas de granos y erradicarían el hambre mundial.
En la “segunda revolución verde” (iniciada en la década de 1990), las trasnacionales –Monsanto, Novartis, AgrEvo, DuPont, Cargill– introdujeron el diseño genético de semillas estériles.
En América Latina el comercio extensivo de los OGM fue exitoso. Su consumo creció al grado de que la agencia aeroespacial estadunidense, alertó la tala en la zona amazónica, destinada a ese tipo de cultivo.
Negocio multimillonario
El estudio Resumen ejecutivo 37: situación global de los cultivos transgénicos/GM comercializados 2007, del Servicio Internacional para la Adquisición de Aplicaciones agro biotecnológicas, indica que para ese año el valor global por la venta de transgénicos superó los 6 mil 900 millones de dólares, que representa 16 por ciento de los 42 mil 200 millones de dólares que ganó el mercado global de semillas en 2006.
El documento, elaborado por Clive James, detalla que, de esa cifra, 3.2 mil millones de dólares –47 por ciento del mercado global de cultivos transgénicos– son por maíz; 2.6 mil millones, 37 por ciento, por soya; 900 mil dólares, 3 por ciento, por algodón, y 200 mil dólares por canola o colza, planta oleaginosa.
Por división geográfica, esos 6.9 mil millones de dólares se distribuyeron así: 5.2 mil (76 por ciento) en países industrializados y 1.6 mil (24 por ciento) en países en desarrollo.
Agrega que 23 países sembraron cultivos transgénicos: 12 en desarrollo y 11 industrializados: Estados Unidos, Argentina, Brasil, Canadá, India, China, Paraguay, Sudáfrica, Uruguay, Filipinas, Australia, España, México, Colombia, Chile, Francia, Honduras, República Checa, Portugal, Alemania, Eslovaquia, Rumania y Polonia.
De acuerdo con el estudio, en 11 años –de 1996, cuando comenzaron a comercializarse los transgénicos, a 2007– el valor global acumulado es de alrededor de 42 mil millones 400 mil dólares. Para 2008, “se proyecta un valor global de 7 mil 500 millones”.
Más aún, la multinacional estadunidense Monsanto elevó sus pronósticos para 2008, luego de triplicar en el primer trimestre fiscal su ganancia respecto del mismo trimestre del año anterior (256 millones de dólares). Su facturación aumentó 36 por ciento: 2 mil 100 millones de dólares.
El doctor Juan Navarro Pineda, de la Universidad Autónoma de Chapingo, explica que parte del superávit de las multinacionales agrícolas se debe a que financian las investigaciones y las hacen aparecer como propias. Para el académico, esas empresas se apropian de los conocimientos tradicionales en herbolaria de las comunidades y al patentarlas como marca, financian su inversión.
15 de mayo 2008
***
La voz de AgroBio
—Ésta es una industria nueva, con apenas 12 años. Pero en el futuro crecerá más –dice Fabrice Salamanca, director de la empresa AgroBio, que representa en México a las multinacionales agrícolas Bayer CropScience, Dow AgroSciences, Pioneer, Syngenta y Monsanto.
Lamenta que, ante la actual escasez de alimentos a nivel mundial y el incremento de precios, surjan problemas como el de Argentina: “Les quieren subir los impuestos a los agroproductores, porque venden como locos, pues se duplicó el consumo de alimentos y la producción no aumenta”.
El doctor en filosofía jurídica por la Universidad Autónoma de Madrid dice: “¿Cómo se va a resolver esto, de que hay que darle de comer al mundo? Vamos a ver mucha más biotecnología agrícola en el futuro”.
Agrega que eso no quiere decir que va a desaparecer la forma tradicional de cultivo, porque siempre va a existir un mercado orgánico. Respecto a la Ley de Bioseguridad recientemente publicada en México, Salamanca considera que se trata “de una ley de avanzada, comparada con la que existe en Brasil, Argentina y Estados Unidos. Es una ley que se hace cargo del tema de bioseguridad, de monitorear lo que pasa y en el Reglamento se refleja”.
El representante de las firmas de semillas transgénicas y genéticamente modificadas confía en que la autoridad mexicana respetará los plazos que establece la ley. “Lo que no se valdría es que sea tan prohibitiva y que en lugar de seis meses sean 12, es muy precautoria: busca la bioseguridad pero no hay que perder la competitividad”.
Fabrice Salamanca reitera que la agenda de estos cultivos debe proponerla el gobierno mexicano. Aunque en América Latina se consume masivamente el frijol, no existe este cultivo transgénico, señala.
Considera que para cambiar el futuro agrícola de México, las instituciones educativas del país, junto con las autoridades, deben crear sus propias patentes y plantear el desarrollo de frijol transgénico “con Bayer, por ejemplo”.
—¿Ustedes cabildean en el Congreso y en el Ejecutivo?
—Es natural. Esa negociación y cabildeo se abrió para todo el mundo. Y el Congreso está abierto para cualquier tema porque negocia con las puertas y las ventanas abiertas. Las empresas quieren hacer negocio con la biotecnología aquí. ¡Claro que queríamos que saliera una ley!, como a la industria automotriz le importa la miscelánea fiscal.
—¿Los miembros de AgroBio ya tienen repartido su mercado en México?
—Están las empresas que compiten en el maíz, en soya y en algodón. En ciertos casos algunos están asociados, como los que tienen la patente del algodón resistente a una plaga y otros con el algodón resistente a otra plaga y acuerdan los préstamos de sus semillas para hacer una reforzada.
“Sin embargo, como en México no ha habido un uso extensivo comercial de este tipo de semillas (porque no se había publicado el Reglamento de la Ley de Bioseguridad), no había avance. Lo interesante va a ser que en la medida en que salgan productos para su comercialización habrá mayor competencia y eso va a bajar los precios para quienes directamente utilizan esta tecnología y para los que no la usan.
“Las empresas que producen abonos y pesticidas van a perder mercado y bajarán sus precios, y eso va a fomentar la competencia y la competitividad del mercado. Se abre un periodo interesante: ver competir a las semillas transgénicas con las demás”, concluye el director de AgroBio. (NE)
Los cabilderos
Las multinacionales de OGM practican una eficaz política de relaciones públicas a través de firmas como Burson-Marsteller (BM), experta en estrategias de comunicación social. BM contrarrestó los efectos negativos del mal de las vacas locas en Europa, defendió a la Exxon Valdez tras el derrame de petróleo en Alaska y a Union Carbide por el escape de gas letal que mató a 8 mil personas en Bhopal, India.
El sitio electrónico de BM, anuncia que su oficina en México se estableció desde 1985 y constituye la división más grande de la firma en América Latina.
“BM se especializa en administración de la percepción, mercadeo y negocios para negocios, pero también posee significativa experiencia en los campos de tecnología, telecomunicaciones, cuidado de la salud, asuntos públicos y administración de crisis”, dice en su página electrónica.
“Los profesionales de BM en México tienen extensa experiencia en áreas como mercadeo, gobierno y comunicaciones”, agrega. (NE)
Retrato de un gran negocio
La empresa de biotecnología agrícola Monsanto Company emplea a más de 15 mil personas en el mundo y sus utilidades anuales rebasan los 6 mil 400 millones de dólares. Su sede está en el 800 de North Lindbergh Boulevard en Saint Louis, Missouri. Tiene 380 oficinas en el mundo y controla el 90 por ciento del mercado de semillas genéticamente transformadas. Para el ejercicio 2007/2008, que termina el 31 de agosto, el líder global especializado en agricultura, biotecnología y semillas transgénicas percibirá beneficios por acción entre 2.50 y 2.60 dólares, una cifra superior a los 2.40 dólares que estimó inicialmente. (NE)
Privatización de semillas desplaza a campesinos
La Habana, Cuba. La producción de biocombustibles con alimentos amenaza con aumentar el hambre en el planeta, mientras que la apropiación de la semilla por empresas multinacionales constituye una grave amenaza para los pueblos subdesarrollados.
De hecho, el control de las trasnacionales sobre las naciones en vías de desarrollo se expande y consolida por medio de la propiedad de la simiente.
Todo crecimiento en el sector agrícola repercute favorablemente en la economía de un país y el acceso a la semilla es la garantía de la independencia, la alimentación y el sostén de ese desarrollo.
Campesinos y movimientos sociales libran, actualmente, una batalla contra el poder de las firmas trasnacionales, cuyos intereses están dirigidos a obtener el dominio del mercado agrario.
A ese fin sirven los acuerdos internacionales amparados por la Organización Mundial de Comercio (OMC) y los tratados de libre comercio (TLC), que denuncian las organizaciones sociales de todos los continentes.
Acuerdos bilaterales, regionales o continentales son los mecanismos utilizados para legalizar el dominio de la propiedad privada por encima del derecho de los Estados nacionales.
Híbridos
La guerra por la semilla comenzó en la década de 1990 en el mundo industrializado con el surgimiento de híbridos para un cultivo tan difundido y necesario para muchos pueblos como es el maíz.
Con la creación de nuevas variedades en esa gramínea originaria de la América tropical se buscaba una mayor productividad a partir de la unión de especies distintas en un alimento básico para la humanidad.
Los híbridos dieron lugar a una industria de semillas y ésta a un mercado dominado por las multinacionales del agro, del que obtienen enormes ganancias, en especial en naciones subdesarrolladas.
Estados Unidos y otros países ricos permitieron entonces patentar genes obtenidos por medios artificiales y plantas genéticas modificadas.
El Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el comercio fue establecido por la OMC en 1999.
Una vez lograda la protección de las invenciones biotecnológicas en productos del sector agropecuario y de los procedimientos técnicos mediante las patentes, las corporaciones dieron un paso decisivo en el dominio del nuevo mercado.
Transgénicos
De esa forma se avanzó desde el control de los híbridos a otro más lucrativo: el de la semilla genética.
Lo extraordinario de todo esto es que inicialmente los estudios en la esfera de la simiente estuvieron a cargo de empresas estatales de varios países.
Pero las trasnacionales, por medio de licencias especiales, tuvieron a su disposición los estudios costeados en principio por los gobiernos.
Con el predominio de firmas poderosas en un mercado estratégico, los campesinos pierden espacio en las economías y se convierten en peones al servicio de las multinacionales.
Los movimientos sociales y campesinos de Latinoamérica y el Caribe luchan contra estas imposiciones, que pasan a ser serios obstáculos para la seguridad alimentaria de los pueblos.
De ese modo, la apropiación de la semilla híbrida y transgénica por una reducida elite de empresas privadas lleva al control de la industria de los alimentos, indican las organizaciones campesinas.
Basadas en sus experiencias, subrayan que la contaminación genética de los cultivos es irreversible y por tanto sin posibilidad de responder a un control, pues las semillas serán transgénicas.
Esa perspectiva significa, agregan, la pérdida para siempre del derecho a consumir alimentos libres de transgénicos.
La Cumbre Social por la Integración de los Pueblos, celebrada en Cochabamba, Bolivia, en 2006, recalcó que no es posible con tal estado de cosas garantizar la soberanía y la seguridad en la alimentación.
La prohibición al desarrollo de semillas y de propias variedades y también la venta o preservación de la simiente, con la amenaza incluso de la cárcel, ya están vigentes en países de América Latina.
Incluso los contratos emitidos por las multinacionales indican la obligación de usar un herbicida u otro producto agroquímico específico, fabricado precisamente por la empresa propietaria de las semillas.
El costo de producción de las cosechas es cada vez más elevado para los pequeños agricultores, que piden entonces créditos a las grandes firmas, los que después les resulta difícil de pagar.
Tanto la simiente como otros medios subieron en los últimos años entre 20 y 50 por ciento en los países subdesarrollados, que los deben pagar más caros que los granjeros de los industrializados.
Acosados por las deudas, el alto costo del combustible y otros insumos, terminan por vender las tierras a empresas subordinadas a las trasnacionales, las que se encargan de ponerlas en explotación de cosechas transgénicas.
Finalmente, como ya está ocurriendo en algunas regiones de Colombia y otros países de América Latina, el campesinado pasa a sumarse a los numerosos desempleados de las ciudades. (Jaime Porcell, Redacción Económica de Prensa Latina)
Junio 8, 2008 a las 12:35 pm |
Mucho circo y poco pan, por Osavaldo Bayer
Por Osvaldo Bayer
Desde Bonn, Alemania
Toda Europa se prepara para el Campeonato Europeo de Fútbol que comienza hoy. Si comparamos los espacios en los medios de comunicación que se le han dedicado a la Conferencia Mundial de Alimentación que acaba de finalizar con las páginas y páginas que se dedican a los comentarios y reportajes de fútbol, son diez a uno. Diez para el fútbol y uno para el hambre mundial que esa conferencia ha dejado en claro: 800 millones de seres humanos padecen hambre en el mundo; la mayoría, por supuesto, niños. Diez goles a uno: toneladas de papel sobre jugadores, pronósticos, entrenadores, hinchadas. Otros diez golazos en contra para los pobres del mundo.
Que los hay en todos los países. Desde el primer mundo hasta el tercero, cuarto. Sí, leamos por ejemplo el informe de la Asociación Federal de la Mesa Alemana. Es una organización de ayuda a hombres, mujeres y niños que no pueden alimentarse bien por falta de medios. Actualmente, se atiende a 800.000 necesitados en toda Alemania. Se les entrega pan, productos lácteos, fruta y verdura. La razón de este aumento de pobres es la suba que han tenido últimamente los precios de alimentos. Justamente ayer, viernes, se instaló la llamada “mesa larga de la solidaridad”, de 200 metros de largo, en Magdeburgo. Eso se llama verdadera solidaridad. Esta organización comenzó en 1993 en una ciudad y hoy ya hay 785 filiales en las diversas regiones alemanas. Tienen 35.000 ayudantes voluntarios que solicitan a los supermercados, panaderías o carnicerías la donación de productos sobrantes. El presidente de esta organización, Gerd Häuser, declaró a la revista Stern: “La red social no existe más en Alemania. Muchos que reciben del Estado ayuda por desocupado y jubilado, pero también madres solas con hijos, ya no llegan a comer todos los días sin nuestra ayuda”. Agregó que “cada vez aumenta más el numero de niños y los adolescentes que necesitan ayuda. Ya están llegando a una cuarta parte de los que vienen a nuestras mesas. En algunas ciudades llegan ya hasta el 40 por ciento”.
Pienso en la Argentina. En los generosos comedores infantiles que se han ido organizando en casi todos los barrios pobres, a los cuales hay que ayudar. Sí, en el país de las espigas de oro. Hambre, hambre.
El gobernador de Buenos Aires, Scioli, ha dicho hace algunas horas: “Con los alimentos no se jode”. Claro que no. Justamente lo que pasa en la Argentina, donde se ha volcado, como protesta, leche a las zanjas, ha ocurrido en estos días en Holanda y Alemania. Una revista alemana muestra cómo en Holanda se han bañado chicos y grandes con leche derramada por los productores. Que se derrame la leche, que se arrojen a las carreteras los cereales, habla de falta de sentido de respeto a la vida. ¿Por qué esa leche no se llevó gratis a las escuelas y a los comedores infantiles y de adultos o se repartió en los barrios pobres? Lo mismo con los otros productos que se tiraron a la basura. Hubiera sido más directa y simpática dicha protesta si hubieran llamado a la puerta de cada casa y obsequiado a cada uno un vaso de leche. Pero claro, el problema no se reduce a la leche que tiraron o no. No se jode con los alimentos, pero también hay que empezar a gritar: no jodan con la tierra, no jodan con los bienes que pertenecen a todos. Con retenciones o no retenciones no se soluciona el problema fundamental, sino con una reforma agraria bien estudiada, de fondo, en libertad y debate. Por ejemplo, impedir propiedades de tierras mayores a treinta mil hectáreas –como principio– y propender a la formación de cooperativas agrarias con los verdaderos trabajadores de la tierra. Una sociedad verdaderamente democrática no puede permitir que sean las empresas pulpos las que nos digan cuánto tendremos para comer y cuánto se dará para biocombustibles, o se siembre sólo aquello que les da más ganancias. La tierra es un bien público y no de las tendencias del mercado. Son las necesidades de todos los habitantes las que tienen que regir y no de aquellos que paran por unas horas en Puerto Madero. Con la tierra no se jode, tendría que ser el lema argentino.
Lo hemos podido comprender en la reciente Cumbre Mundial sobre la Alimentación, en Roma. Donde concurrieron 40 jefes de gobierno y 4747 delegados. (Nos imaginamos lo que debe haber costado ese encuentro.) Bien, pero ¿qué se resolvió? Primero digamos que por lo menos se comprobó de acuerdo con cifras oficiales que 850 millones de habitantes viven todos los días con hambre y están desnutridos. Que más de una cuarta parte de la suba de precios de los alimentos se debe a los negocios especulativos que se hacen con ellos. (Los argentinos debemos tener bien en cuenta justamente eso y preguntémonos: quién hace los negocios especulativos.)
Quedó claro en la reunión esto de las especulaciones cuando se puso el ejemplo de Ucrania, donde subió de pronto el precio del trigo en un tercio cuando se resolvió dedicar más tierra al cultivo de la colza. O cuando Bush anunció que se iba a promover el bioetanol e instantáneamente se duplicó el precio del azúcar. El Banco Mundial ha declarado que cuando se propuso el aumento de las llamadas “plantas energéticas”, subió el precio de los alimentos entre el 30 y el 70 por ciento. Oficialmente se dijo que hay peligro de hambre en treinta y tres países. Lo dijo en el Congreso el representante de la organización de Ayuda contra el Hambre en el Mundo: “En esta reunión se tendría que haber discutido el peligro de las prácticas comerciales que distorsionan la seguridad de la alimentación de los países en desarrollo.” No, eso no se hizo. Porque, ¿quién le pone el cascabel al gato del sistema? Es un papel que, sin ninguna duda, tienen que tomar en sus manos las organizaciones de derechos humanos del mundo entero, porque nada se puede esperar de delegados que sirven como lacayos de los gobiernos. Es un papel que desde hace mucho tiempo tendrían que haberlo tomado también las iglesias. Pero hasta ahora han dado como única solución recomendar ponerse a rezar. O embellecer todo con palabras que parezcan profundas. En el actual conflicto argentino, el cardenal Bergoglio ha pedido a las partes en litigio un “gesto de grandeza”. ¿Gesto de grandeza a quienes siempre aspiran a ganar más? El mismo cardenal ha empleado la palabra “concordia”. ¿“Concordia” a un sistema que nos ha llevado a esto? Multimillonarios y pobres de pan duro.
No, los problemas hay que solucionarlos y tienen que prevalecer las búsquedas de soluciones para los problemas de los que no tienen ni siquiera para ponerles un pan en la mesa a sus hijos. Porque si no la “concordia” a la que se llegue en la Argentina va a merecer el título que el diario alemán Frankfurter Rundschau le acaba de dar a la conferencia de la Alimentación de Roma: “Gran circo y poco pan”. Ninguna receta contra el hambre.
¿Para eso se gastó tanto en este congreso? Casi cinco mil delegados para ese resultado final.
Pero no todo está perdido, como siempre, el destino nos trae de pronto un hecho humilde, pero logrado con todo coraje civil. Me llega un mensaje de que en Lanús, en mi país argentino, se cambió oficialmente el nombre de la calle coronel Federico Rauch por el nombre de un obrero de ese barrio desaparecido en 1976. Asistió el intendente al acto cumpliendo así la resolución del Concejo Deliberante. Se cumplía así un sueño. Terminar con la glorificación de ese militar mercenario contratado por Rivadavia “para exterminar a los indios ranqueles”. A los cuales degollaba “para ahorrar balas”, como lo dice en sus comunicados. En 1963 pedí en la ciudad bonaerense de Coronel Rauch que el pueblo votara otro nombre. Por ese pedido fui preso 63 días ya que el ministro del Interior de la dictadura militar de ese tiempo era el general Juan Enrique Rauch, bisnieto directo del mercenario. Y ahora en Lanús, a 45 años de mi pedido, se daba el primer paso para bajar del pedestal a quien iniciaba una línea que iba a terminar con la matanza de Roca, que iba a dar el paso a la repartición de la tierra y al origen de los dueños de la tierra que hoy obligan a marcar el rumbo de nuestra economía.
Junio 8, 2008 a las 9:36 pm |
Movilizándonos para rescatar nuestro sistema alimentario
Hay 33 países al filo de la inestabilidad social por la carencia y precio de los alimentos. Esta crisis que amenaza la seguridad alimentaria de millones de personas, es el resultado directo del modelo industrial de agricultura, que no solo es peligrosamente dependiente de hidrocarburos sino que se ha transformado en la mayor fuerza antrópica modificante de la biosfera. Las crecientes presiones sobre el área agrícola en disminución están socavando la capacidad de la naturaleza para suplir las demandas de la humanidad en cuanto a alimentos, fibras y energía. La tragedia es que la población humana depende de los servicios ecológicos (ciclos de agua, polinizadores, suelos fértiles, clima local benevolente, etc.) que la agricultura intensiva continuamente empuja más allá de sus límites.
Movilizándonos para rescatar nuestro sistema alimentario
En la era del post –petrolera
Por Miguel A. Altieri
La agricultura mundial está en una encrucijada. La economía global impone demandas conflictivas sobre las 1,500 millones de hectáreas cultivadas. No sólo se le pide a la tierra agrícola que produzca suficientes alimentos para una población creciente, sino también que produzca biocombustibles y que lo haga de una manera que sea ambientalmente sana, preservando la biodiversidad y disminuyendo la emisión de gases de invernadero, mientras aun represente una actividad económicamente viable para todos los agricultores.
Estas presiones están desencadenando una crisis del sistema alimentario global sin precedentes, la cual ya se empieza a manifestar en protestas por escasez de alimentos en muchos países de Asia y África. De hecho hay 33 países al filo de la inestabilidad social por la carencia y precio de los alimentos. Esta crisis que amenaza la seguridad alimentaria de millones de personas, es el resultado directo del modelo industrial de agricultura, que no solo es peligrosamente dependiente de hidrocarburos sino que se ha transformado en la mayor fuerza antrópica modificante de la biosfera. Las crecientes presiones sobre el área agrícola en disminución están socavando la capacidad de la naturaleza para suplir las demandas de la humanidad en cuanto a alimentos, fibras y energía. La tragedia es que la población humana depende de los servicios ecológicos (ciclos de agua, polinizadores, suelos fértiles, clima local benevolente, etc.) que la agricultura intensiva continuamente empuja más allá de sus límites.
Antes del fin de la primera década del siglo XXI, la humanidad está tomando consciencia rápidamente de que el modelo industrial capitalista de agricultura dependiente de petróleo ya no funciona para suplir los alimentos necesarios. Los precios inflacionarios del petróleo inevitablemente incrementan los costos de producción y los precios de los alimentos han escalado a tal punto que un dólar hoy compra 30% menos alimentos que hace un año. Una persona en Nigeria gasta 73% de sus ingresos en alimentos, en Vietnam 65% y en Indonesia 50%. Esta situación se agudiza rápidamente en la medida que la tierra agrícola se destina para biocombustibles y en la medida que el cambio climático disminuye los rendimientos vía sequías o inundaciones. Expandir tierras agrícolas a biocombustibles o cultivos transgénicos que ya alcanzan mas de 120 millones de hectáreas, exacerbará los impactos ecológicos de monocultivos que continuamente degradan los servicios de la naturaleza. Además, la agricultura industrial contribuye hoy con más de 1/3 de las emisiones globales de gases de invernadero, en especial metano y óxidos nitrosos. Continuar con este sistema degradante, como lo promueve un sistema económico neoliberal, ecológicamente deshonesto al no reflejar las externalidades ambientales no es una opción viable.
El desafío inmediato para nuestra generación es transformar la agricultura industrial e iniciar una transición de los sistemas alimentarios para que no dependan del petróleo.
Necesitamos un paradigma alternativo de desarrollo agrícola, uno que propicie formas de agricultura ecológica, sustentable y socialmente justa. Rediseñar el sistema alimentario hacia formas mas equitativas y viables para agricultores y consumidores requerirá cambios radicales en las fuerzas políticas y económicas que determinan que se produce, como, donde y para quien. El libre comercio sin control social es el principal mecanismo que está desplazando a los agricultores de sus tierras y es el principal obstáculo para lograr desarrollo y una seguridad alimentaria local. Sólo desafiando el control que las empresas multinacionales ejercen sobre el sistema alimentario y el modelo agro exportador que auspician los gobiernos neoliberales, se podrá detener el espiral de pobreza, hambre, migración rural y degradación ambiental.
El concepto de soberanía alimentaria, como lo promueve el movimiento mundial de pequeños agricultores, la Vía Campesina, constituye la única alternativa viable al sistema alimentario en colapso, que sencillamente falló en su cálculo que el comercio libre internacional sería clave para solucionar el problema alimentario mundial. Por el contrario, la soberanía alimentaria enfatiza circuitos locales de producción-consumo, y acciones organizadas para lograr acceso a tierra, agua, agro biodiversidad, etc., recursos claves que las comunidades rurales deben controlar para poder producir alimentos con métodos agroecológicos. No hay duda que una alianza entre agricultores y consumidores es de importancia estratégica. Al mismo tiempo que los consumidores deben bajarse en la cadena alimentaria al consumir menos proteína animal, se deben dar cuenta que su calidad de vida está íntimamente asociada al tipo de agricultura que se practica en los cordones verdes que circundan a pueblos y ciudades, no solo por el tipo y calidad de cultivos que ahí se producen, sino por los servicios ambientales, como calidad del agua, microclima y conservación de biodiversidad, etc., que esta agricultura multifuncional genere. Pero la multifuncionalidad sólo emerge cuando los paisajes están dominados por cientos de fincas pequeñas y biodiversas, que, como los estudios demuestran, pueden producir entre dos y diez veces más por unidad de área que las fincas de gran escala. En Estados Unidos los agricultores sostenibles, en su mayoría agricultores pequeños y medianos, generan una producción total mayor que los monocultivos extensivos, y lo hacen reduciendo la erosión y conservando más biodiversidad. Las comunidades rodeadas de fincas pequeñas, exhiben menos problemas sociales (alcoholismo, drogadicción, violencia familiar, etc.) y economías más saludables que comunidades rodeadas de fincas grandes y mecanizadas. En el estado de Sao Paulo, Brasil, ciudades rodeadas de grandes extensiones de caña de azúcar son más calurosas que ciudades rodeadas de fincas medianas y diversificadas. Debiera ser obvio, entonces, para los consumidores urbanos que comer constituye a la vez un acto ecológico y político, pues al comprar alimentos en mercados locales o ferias de agricultores, se está votando por un modelo de agricultura adecuada para la era post-petrolera, mientras que, al comprar en las cadenas grandes de supermercados, se perpetúa el modelo agrícola no sustentable.
La escala y urgencia del desafío que la humanidad enfrenta es sin precedentes y lo que se necesita hacer es ambiental, social y políticamente posible. Erradicar la pobreza y el hambre mundial necesita una inversión anual de aproximadamente 50 billones de dólares, una fracción al compararse con el presupuesto militar mundial que alcanza mas de un trillón de dólares por año. La velocidad con que se debe implementar este cambio es muy rápida, pero lo que está en duda es si acaso existe la voluntad política para transformar radical y velozmente el sistema alimentario, antes que el hambre y la inseguridad alimentaria alcancen proporciones planetarias e irreversibles.
Miguel A. Altieri, University of California, Berkeley
Sociedad Científica Latinoamericana de Agroecología (SOCLA)
Junio 8, 2008 a las 10:07 pm |
COMUNICADO DE PRENSA
Inauguración de la Reunión Cumbre de la FAO
Los campesinos y campesinas de La Vía Campesina a los jefes de estado: ¡Es hora de cambiar la política alimentaria!
(Roma, 3 de junio de 2008) Ahora que la FAO estima que para 2015 el hambre afectará a 100 millones de personas más, jefes de estado y dirigentes de todo el mundo se reúnen en Roma para la “Conferencia Cumbre de la FAO sobre Seguridad Alimentaria Mundial y los Desafíos del Cambio Climático y la Bioenergía.”
El movimiento campesino internacional Vía Campesina da la bienvenida a ese súbito interés de alto nivel en la agricultura y la producción de alimentos, pero recuerda a los gobiernos y a las instituciones internacionales que la actual crisis de la alimentación y el clima no es
resultado de ningún desastre natural inesperado, sino el fruto de décadas
de “liberalización” del comercio y de integración vertical de la producción, el procesamiento y la distribución por las grandes empresas agrícolas.
Por lo tanto, los gobiernos deben asumir toda la responsabilidad por la
actual crisis y tomar medidas radicales para resolverla.
Aun cuando producen alimentos, la mayoría de las familias de agricultores
padecen los altos precios de la comida igual que los trabajadores urbanos.
Muchas de ellas no son dueñas de las tierras que trabajan, producen para
la exportación o para pagar sus deudas, o bien son asalariados rurales.
Desde hace décadas se viene obligando a los gobiernos a abrir sus mercados e importar alimentos. Los países han perdido la capacidad de
autoalimentarse y han pasado a ser excesivamente dependientes de los
precios del mercado mundial. A eso se deben, en parte, las recientes
revueltas del hambre en varias partes del mundo.
Bajo el principio del “libre comercio” los alimentos son considerados
ahora mercancías iguales a cualquier otra, sujetas al afán de lucro y a
los juegos financieros. Las alzas actuales de los precios se deben
principalmente a la especulación de grandes comerciantes e inversores,
porque ahora la producción de alimentos compite con la de
agrocombustibles, lo que empeora la crisis, igual que el cambio climático.
Además, los gobiernos han desmantelado las políticas agrarias que apoyaban la producción de alimentos y ahora en cambio apoyan a las compañías transnacionales que producen semillas, pesticidas, fertilizantes y alimentos, para que sigan fortaleciendo su control de la cadena
alimentaria. El desarrollo de la agricultura industrial ha destruido el
medio ambiente y sobreexplotado los suelos, y contribuye enormemente al
calentamiento global (genera entre 17.4 y 32% de los gases de
invernadero). Mientras tanto, muchas familias de agricultores han sido
expulsadas de sus campos y empujadas a la pobreza. Con base en esa
experiencia, los agricultores y pequeños productores de alimentos hoy
rechazan las promesas de lo que llaman “Nueva Revolución Verde” y las
semillas “milagrosas” como los OGM.
Los pequeños agricultores familiares y productores de alimentos reunidos
en La Vía Campesina lamentan que se impida la participación de la sociedad civil en la reunión de alto nivel de la FAO, y advierten a los jefes de estado que es hora de que los gobiernos se concentren en la producción sostenible de alimentos en pequeña escala y en los mercados locales. Eso permitirá que los suelos se regeneren, así como ahorrar combustibles y reducir el calentamiento global. Además dará empleo a millones de agricultores, pescadores, pequeños ganaderos y todos los que están alimentando a la población del mundo.
Junio 9, 2008 a las 10:31 am |
Leche
Adolescentes frescos, rapiditos e inteligentes, como los quiere el mercado, y la relación entre esos atributos y la escuela. La leche derramada, sustraída de bocas pequeñas y pobres. ¿Hay algo que justifique semejante desvío?
Por Sandra Russo
La imagen se abrió paso brutalmente: el camión abrió sus compuertas traseras y por allí comenzó a salir el chorro. La leche se derramó sobre el pasto. Litros de leche, o mejor dicho: leche desfigurada en su abundancia, para ojos de espectadores acostumbrados a mirarla por litro. Se la veía salir airada, materia inerte pero todavía viva, sustancia vital para tantos niños argentinos, destinada a morir allí, en el cuadro de la lente, televisada, hecha símbolo. Otro símbolo violento.
Este conflicto de intereses ha sido y sigue siendo pródigo en símbolos, y se agota la hora de los símbolos. Banderas, escarapelas, consignas, frases hechas, lugares comunes, duelos verbales, fechas patrias convertidas en medidas de falos, bravuconadas, consignismos, estupideces dichas con aire combativo, delirios de dueños de cosas, campos, camiones, industrias, espacios en los medios. Los símbolos tienen una medida de virtud y bondad. Los símbolos patrios se miden por la unificación que son capaces de lograr. Pasada esa medida, cuando en lugar de aunar desunen, por el modo o la oportunidad en la que se los convoca, los símbolos son porquerías como cualquier otra cosa usada con mala leche.
La leche tiene múltiples significados y sentidos. Pero aquí y ahora la leche derramada reemplaza a la sangre. Quien ha visto ese magma blanco derramarse sobre el pasto tuvo la visión ambigua entre el blanco y el rojo. O colorado, como le dicen los finos. La sangre nunca ha sido colorada. La sangre siempre es roja. Los finos no se manchan con sangre o se cuidan de hacerlo. En la historia argentina, la sangre ha sido camuflada con símbolos. Otros símbolos. Y una vez más: hay veces que los símbolos no sirven para nada.
En los debates que se televisan hay muchas voces que siguen acalladas. Se invita a los debates a los que garpan. Debe ser gente de lengua afilada y si en el aire la lengua se afila más, mejor. Así De Angeli ha trepado al rol de referente social de choque, y el choque les ha garpado a los grandes medios, que recién ahora están midiéndose, después de tres meses de andar desbocados, tan irresponsables como los dirigentes empresarios que aunque defiendan a los pequeños productores no dejan de ser racistas ni discriminadores. El mismo De Angeli se negó a las retenciones con el argumento de que no es justo que le saquen “al que trabaja” para calmar a “la vagancia”.
La leche de las vacas, la leche de los hombres, la leche que equivale a la suerte, la leche retenida que equivale al deseo postergado, la leche que viene en copa y que es cedida por el Estado los niños cuyos padres no pueden alimentarlos, la leche que no se puede comprar y que desvela al pobre nuevo, al que no está preparado para no poder darles leche a sus hijos, la leche que fortalece al bebé, la leche ahora derramada sobre el pasto.
Las proporciones de este conflicto sólo puede explicarse porque es un conflicto de dueños de cosas. Los conflictos de los que no son dueños de nada duran menos y nunca llegan a tal grado de sadismo social. Estos dueños de cosas llevan internalizado el hecho de no ceder ni dialogar como dicen que quieren. No quieren. Está visto. El que no tiene nada no presiona con algo tan pesado como la leche. La leche pesa. Es un símbolo denso, agresivo, tan pero tan agresivo que la imagen de la leche cayendo sobre el pasto duele en los ojos del espectador que no ha comprado la versión oficial del conflicto, y que esta vez no es la del Estado. Los términos están invertidos. La versión oficial del conflicto no es la del Gobierno. Es la de los grandes medios, que insisten en dar por hecho y aceptar por cierto que “una parte”, el Estado, “no cede”. Puede que los dirigentes empresarios del campo den por válida esa versión, que es la que difunden y con la que machacan. Pero, ¿y los medios? Compran. Compran por lote los argumentos falaces de cualquiera que se declare en rebeldía contra el gobierno democrático. Y difunden. Y confunden. Y haciéndolo, mienten.
Acá ya no hacen falta símbolos, le digo a D’Elía que se propone no sé qué en el Monumento a la Bandera. Que se guarden la bandera, que no es esa bandera la que importa. La bandera real es la leche. El alimento. La línea que separa la vida de la muerte. La línea que separa la expectativa de vida de la nada. La línea que separa la dignidad de la bajeza. Quien derrama la leche y quien contribuye a que la leche se derrame no derrama sangre pero se asocia con ese gesto de pura mierda argentina.
Lo que hay en el aire es eso, pura mierda argentina. Una falta de respeto abismal, inenarrable por la vida de tantos niños que no pueden hacer demostraciones de la fuerza que no tienen. Un pecado original que nunca les será perdonado. Hay cosas que no se pueden perdonar. No creo en el perdón por sí mismo. Que se lo guarden los católicos o los evangelistas o los creyentes en la salvación de sus almas. No hay alma que se salve si no se ocupa de salvar una vida.
La leche seminal, la leche masculina, la leche materna, la leche envasada, la leche en sachet, la leche descremada, la leche enriquecida con hierro y vitaminas, la copa de leche de los pobres pibes que no tienen ni padres ni madres que puedan ofrecérsela en sus casas, la leche social que se distribuye como paliativo cuando un país no es capaz de darle la oportunidad a cada padre o madre de sentarse en la mesa a ver beber a sus hijos la proteína indispensable.
Todo lo demás es carroña. Intereses. Bolsillo. Especulación. Más mierda. Este no es un gran país ni mucho menos. Es todavía, a la luz de los hechos, un territorio habitado por desesperados. Unos, por hambre. Otros, por ambición.
La leche es un símbolo mucho más poderoso, por sus implicancias reales, que una bandera argentina. Que se guarden la bandera argentina. Celeste y blanca, ha flameado en acontecimientos vergonzantes y ha sido utilizada por gente de mala leche.
La leche derramada es un colmo inaceptable, un límite increíble traspasado para demostrar poder. Ni hombres ni mujeres ni animales ni criaturas humanas con reservas de mínima moral pueden tolerar ese espectáculo que implica que lo que necesitan tantos para sobrevivir sea derramado sobre el pasto. El campo está lleno de pasto y de muerte diferida, de muerte ignorada y naturalizada. Serán buenos vecinos los que sostengan esos símbolos, pero que se los guarden. El mundo está lleno de buenos vecinos que se cagan rotundamente en el prójimo.
http://www.pagina12.com.ar/diario/mitologias/27-105697-2008-06-09.html
Junio 13, 2008 a las 8:18 pm |
Ganancias sin precedentes para grandes especuladores por la crisis alimentaria
http://www.jornada.unam.mx/2008/06/06/index.php?section=politica&article=015n1pol
■ Las constantes alzas de precios generan oleadas de nuevos pobres, advierte la organización Grain
Matilde Pérez U.
La crisis alimentaria exige un cambio radical de las políticas agrícolas, las cuales deben considerar a los campesinos a pequeña escala y frenar el lucro en los mercados de futuros, donde los capitales especulativos el año pasado ascendieron a 175 mil millones de dólares, asentó la organización Grain.
“Es tiempo de romper con el pasado y de movilizarse en torno a una nueva visión creativa que nos saque de esta crisis alimentaria que está creando nuevos pobres por el constante incremento de los precios de los alimentos”, asentó la organización en el editorial de la revista Seedling, en el cual aborda el tema de la crisis alimentaria.
Agregó que hay un vacío político palpable en el ámbito mundial, ya que “quienes están en el poder parecen tener sólo actos reflejos que equivalen a más liberalización del comercio, más fertilizantes, más transgénicos y más endeudamiento, y consideran un tabú reformular las reglas del sistema financiero o de poner coto a los especuladores”.
La organización desmintió que los altos precios de los granos en los mercados internacionales beneficien a los campesinos, ya que, por ejemplo, los productores de arroz en Tailandia obtuvieron el año pasado 308 dólares por tonelada entregada a los molinos y actualmente sólo perciben 296 dólares, aunque el precio del cereal en el mercado se ha triplicado.
“Este es uno de los aspectos del lucro permitido a las grandes empresas, que están obteniendo ganancias sin precedentes en toda la cadena alimentaria, desde los fertilizantes y las semillas hasta el transporte y el comercio, mientras cientos de personas reducen la cantidad de alimentos ingeridos”, subrayó.
El Consejo Nacional de Organismos Rurales y Pesqueros y el Consejo Nacional de Organizaciones Campesinas han insistido ante las secretarías de Economía y de Agricultura en que se regulen las importaciones de alimentos y se revise el capítulo agropecuario del Tratado de Libre Comercio de América del Norte.
El secretario general de la Central Campesina Cardenista, Max Correa Hernández, advirtió que la situación económica, política y social de México se complica a diario y dijo que por sexto año consecutivo la escalada de precios ha sido superior a las previsiones del Banco de México.
“El escandaloso incremento de los precios en alimentos de la canasta básica obligó al gobierno a reconocer la crisis y enfrentar el problema con un anuncio mediático, pero sin respuestas verdaderas que solucionen el problema estructural y de seguridad nacional que representa esta problemática de especulación y alza de precios”, apuntó.
Isidro Pedraza Chávez, dirigente de la Unidad de la Fuerza Indígena y Campesina, consideró indispensable un modelo agrícola basado en la producción de pequeña escala, de pesca artesanal, de respeto a los derechos culturales y a los territorios de los pueblos indígenas y sus formas comunitarias de producción.
“Para encontrar soluciones a la crisis alimentaria debemos encontrar sus causas, que no son precisamente la escasez de alimentos ni el incremento de sus precios. Tenemos que saber además quiénes son los responsables y quiénes los beneficiarios. Las causas tienen una lógica, los responsables tienen nombre y los beneficiarios tienen marcas mercantiles”, subrayó.
Manuel Villa Issa, experto en asuntos agropecuarios, asentó que en México lo que urge es un acuerdo nacional entre los gobiernos federal, estatales y municipales, industriales, comercializadores y productores; “no se debe seguir parchando la realidad”, expresó.
El autor del libro ¿Qué hacemos con el campo mexicano? expuso que la seguridad alimentaria debería estar discutiéndose como la reforma energética. “Estamos un poco confundidos y distraídos por el asunto del combate al narcotráfico y la violencia, pero es claro que la crisis alimentaria requiere acciones inmediatas y no seguir jugando a parchar conflictos”, concluyó.
Junio 15, 2008 a las 6:56 pm |
PARA SALIR DE LA CRISIS ALIMENTARIA =========================================================== El presente es un anticipo de la editorial sobre la crisis alimentaria de la revista Seedling de GRAIN (Julio de 2008). =========================================================== La información sobre las revueltas que estallaron en todo el mundo como resultado de la crisis alimentaria mundial ha sido profusa, pero se ha prestado escasa atención a cómo salir adelante. La solución exige un cambio radical: las políticas agrícolas deben formularlas los agricultores a pequeña escala — quienes siguen siendo responsables de la mayor parte de la producción de los alimentos consumidos en todo el mundo — y para ello es necesario que las instituciones financieras internacionales y los organismos mundiales de desarrollo dejen de tener el poder que detentan actualmente. Habrá que resolver tres temas que están interrelacionados: tierra, mercados y la agricultura misma. En marzo de 2008, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y otros organismos internacionales comenzaron a hablar abiertamente de una crisis alimentaria mundial. Como ocurrió con muchas otras crisis de ese tipo, llegaron un poco tarde. Los precios de los alimentos — especialmente de los cereales, pero también de los lácteos y la carne — había estado aumentando a lo largo de 2007, mucho más que los ingresos. La gente lo fue resolviendo con un cambio en sus hábitos alimenticios, que implicó reducir su ingesta de comida, y salió a las calles a exigirle al gobierno que adoptara medidas. A principios de 2008 los precios de los cereales escalaron y en unos 40 países estallaron revueltas populares que llenaron de temor a las elites políticas mundiales. Han pasado pocos meses desde que la crisis alimentaria fue un tema incluido en la agenda mundial. Las causas del problema están identificadas y más o menos entendidas. [1] Sin embargo la crisis alimentaria sigue extendiéndose. Los precios continúan aumentando, ha surgido toda una clase de “nuevos pobres”, los gobiernos se pelean por encontrar o manejar reservas de granos, y en caso de que surja otra situación adversa de magnitud, podría provocar una crisis mundial verdaderamente dramática. Todo el mundo coincide en que es necesario hacer algo, pero existen grandes desacuerdos en cuanto a lo que eso implica. Los sacerdotes del Banco Mundial, de la Organización Mundial de Comercio y del Fondo Monetario Internacional, los directorios de las empresas y, de hecho, la mayoría de los gobiernos y sus equipos asesores quieren que continuemos transitando el camino de la industrialización de la agricultura y la liberalización del comercio y la inversión, aún cuando esta receta sólo promete más de lo mismo para el futuro Los movimientos sociales y de otro tipo que han estado combatiendo las injusticias del modelo capitalista actual ven las cosas de manera diferente. Para ellos, es tiempo de romper con el pasado, de movilizarse en torno a una nueva visión creativa que traiga no solamente una mitigación a corto plazo sino también el tipo de cambio profundo que en definitiva nos saque de esta crisis alimentaria — y, en realidad, de la serie interminable de crisis (cambio climático, destrucción ambiental, pobreza, conflictos por la tierra y el agua, migración, y otras por el estilo) que genera la globalización neoliberal. LA NECESIDAD DE UNA TRANSFORMACIÓN RADICAL Muchas personas están tomando conciencia de que no hay solución posible a menos que abramos las puertas a un cambio real de poder. No podemos confiar en que las autoridades políticas, los científicos y los investigadores que nos han llevado al desastre actual, nos saquen de él. Ellos han creado un doble vacío profundo: un vacío político y una farsa de mercado. El vacío político es palpable. En lugar de generar ideas brillantes para construir un sistema alimentario más sustentable y equitativo, quienes están en el poder parecen capaces de tener sólo actos reflejos que equivalen a más de lo mismo: más liberalización del comercio, más fertilizantes, más transgénicos y más endeudamiento para hacer todo eso posible. La mera idea de, por ejemplo, reformular las reglas del sistema financiero o de poner coto a los especuladores, son temas tabú. Incluso las políticas de autosuficiencia alimentaria adoptadas en algunos países en desarrollo, en sí mismas una idea muy buena, con frecuencia repiten las fallidas estrategias de la Revolución Verde. Lo más preocupante es que la elite política y la elite comercial no quieren enfrentar el hecho de que, se trate de un trabajador estadounidense propietario de su casa o de una madre que hace fila para conseguir arroz en las Filipinas, la confianza en el mercado se ha hecho trizas. Los agricultores de Tailandia quedaron estupefactos. El año pasado obtenían Bht10.000 (US$ 308) por tonelada de arroz entregada a los molinos. Actualmente perciben Bht9.600 (US$ 296), ¡aún cuando el precio del arroz a los consumidores se ha triplicado! [2] El dólar estadounidense (todavía una moneda internacional para el comercio de alimentos) se ha venido a pique, mientras que el precio del petróleo (del cual depende la producción industrial de alimentos) se ha ido por las nubes. Como consecuencia, los gobiernos comenzaron a sacar alimentos del mercado ya que sencillamente no confían más en la forma en que se valoran los alimentos. El gobierno de Malasia, por ejemplo, ha anunciado que está dispuesto a intercambiar bilateralmente aceite de palma por arroz con cualquier país que quiera cerrar el trato, mientras que varios otros países han prohibido la exportación de alimentos. [3] Enfrentados a este panorama de insolvencia de ideas y de sistemas, no hay otro camino creíble que reconstruir desde los cimientos. Esto significa dar vuelta todo: los pequeños agricultores, todavía responsables de la mayor parte de los alimentos que se producen, deben ser quienes fijen la política agrícola, en lugar de la OMC, el FMI, el Banco Mundial o los gobiernos. Las organizaciones campesinas y sus aliados tienen ideas claras y viables sobre cómo organizar la producción y los servicios y cómo dirigir los mercados e incluso el comercio regional e internacional. Lo mismo ocurre con los sindicatos y los sectores pobres urbanos, quienes pueden cumplir un papel importante en la definición de las políticas alimentarias. Varios grupos, tales como la Unión Nacional de Agricultores de Canadá, la Confederación Campesina de Francia, ROPPA de África Occidental, Monlar de Sri Lanka y el MST de Brasil, han exhortado enérgicamente a renovar las políticas y los mercados agrícolas. Organizaciones internacionales como La Vía Campesina y la Unión Internacional de Trabajadores de la Alimentación, también están dispuestas a tener algún tipo de participación. LOS TEMAS MÁS URGENTES Hay tres temas interrelacionados que es necesario abordar para que podamos salir de la crisis alimentaria: la tierra, los mercados y la agricultura propiamente dicha. El acceso de los campesinos a la tierra es un elemento claramente central. Con el aumento de los precios de los productos básicos (commodities) y el nuevo mercado de agrocombustibles, la especulación de la tierra y la apropiación de tierras se suceden a una escala impresionante. En muchas partes del mundo, los gobiernos y las empresas están estableciendo agricultura de plantaciones en gran escala a costa del desplazamiento de campesinos y de la producción local de alimentos. En efecto, el modelo agrícola orientado a la exportación y la dependencia de las importaciones, que están en la raíz de la crisis actual, se acelerarán, destruyendo los sistemas de producción de alimentos que necesitamos para salir del atolladero actual. La situación se torna incluso más crítica en tanto la apropiación de tierras ocurre en todo el mundo y se está volviendo oficial. Según algunas fuentes, Japón ha adquirido 12 millones de hectáreas de tierra en el sudeste asiático, China y América Latina, para producir alimentos que exportaría a Japón, lo que significa que los cultivos japoneses en el extranjero ¡tienen ahora el triple de tamaño de su parte continental! [4] El gobierno de Libia arrendó 200.000 hectáreas de tierras de cultivo en Ucrania para atender sus propias necesidades de importación de alimentos, y los Emiratos Árabes Unidos están comprando grandes propiedades de tierras en Pakistán con el apoyo del Islamabad. [5] El año pasado el gobierno de Filipinas firmó una serie de acuerdos con Beijing para permitir a las empresas chinas el arrendamiento de tierras para la producción de arroz y maíz con destino a la exportación a China, lo que desencadenó una enorme protesta nacional en diversos sectores, desde organizaciones campesinas filipinas hasta la Iglesia Católica. Las empresas chinas también han estado adquiriendo derechos sobre tierras productivas en toda África y otras partes del mundo. El gobierno de Beijing está por hacer de la compra de tierras en el exterior para la producción de alimentos con destino a exportación a China, una política central y oficial del gobierno. [6] La tierra, por supuesto, siempre ha sido una demanda central de los movimientos sociales, especialmente de los campesinos, los pescadores tradicionales, los trabajadores rurales y los pueblos indígenas. La reforma agraria es una de las primeras medidas que urge aplicar para poner fin al creciente flagelo de la pobreza rural y para empoderar a la gente para que se alimente a sí misma y a sus comunidades, revirtiendo la explosión de barrios urbanos marginados, que constituye un elemento tan central de esta crisis alimentaria. Ya es hora de tomar en serio y poner en práctica las propuestas de las organizaciones campesinas. Otro tema importante a atender es cómo resolver el tema del mercado. Durante décadas, el Banco Mundial y el FMI impusieron a los países pobres políticas para lograr la liberalización neoliberal del comercio y políticas de ajuste estructural. Esas prescripciones fueron reforzadas con el establecimiento de la OMC a mediados de la década de 1990 y, más recientemente, a través de un aluvión de tratados bilaterales de libre comercio e inversión. Junto con varias otras medidas, han provocado el despiadado desmantelamiento de aranceles y otras herramientas que los países en desarrollo habían creado para proteger la producción agrícola local. Estos países han sido obligados a abrir sus mercados al agronegocio mundial y a los alimentos subvencionados exportados por los países ricos. En el proceso, las tierras fértiles dejaron de servir a los mercados locales de alimentos para producir commodities mundiales o cultivos fuera de estación y de alto valor para los supermercados occidentales, convirtiendo a numerosos países pobres en importadores netos de alimentos. Uno de los aspectos más inmorales de la crisis alimentaria es el lucro espectacular que el mercado ha permitido que tengan los grandes del agronegocio y los especuladores. Contrariamente a la impresión que dan algunos medios de difusión, son pocos los agricultores que perciben algún beneficio por el aumento de los precios. Ya hemos mencionado el ejemplo de los agricultores tailandeses que ahora obtienen menos por su arroz, mientras que los consumidores pagan el triple. Los agricultores de Honduras, que en algún momento fueron el granero de América Central, ya no pueden pagar más la semilla o el fertilizante, por el aumento de precios que han tenido esos insumos. [7] Las empresas, por otro lado, están obteniendo ganancias sin precedentes en todos los eslabones de la cadena alimentaria — desde los fertilizantes y las semillas al transporte y el comercio. A principios de este año, GRAIN documentó el aumento de las ganancias experimentado en 2007 por las principales empresas de alimentos y fertilizantes. [8] En el primer trimestre de 2008, mientras numerosas personas hambrientas reducían aún más la cantidad de alimentos ingeridos, las principales compañías de alimentos y fertilizantes daban cuenta de un aumento aún más espectacular de sus ganancias. [9] Al mismo tiempo se está dando una especulación en gran escala. Según un prominente agente de commodities, la cifra de la inversión especulativa en futuros de commodities aumentó de 5.000 millones de dólares en 2000 a 175.000 millones de dólares en 2007. [10] La mitad del trigo que se comercializa ahora en la bolsa de commodities de Chicago está controlada por los fondos de inversión. [11] En la Bolsa de Futuros Agrícolas de Tailandia, la especulación sobre el arroz ha triplicado, en un año, el número promedio de contratos diarios y los fondos de cobertura y otros especuladores representan ahora la mitad de los contratos comercializados diariamente. [12] Toda esta actividad especulativa de los fondos de pensión, fondos de cobertura y similares, más el cambio de la comercialización de los commodities de los mercados formales a acuerdos directos fuera del ámbito de los mercados organizados, está haciendo subir los precios por las nubes. La burbuja es intrínsecamente inestable y está destinada a explotar, con resultados imprevisibles. Con pocas excepciones, los gobiernos y los organismos internacionales difícilmente hablan de esta parte de la crisis alimentaria, y menos aún hacen algo efectivo para lidiar con ella. En contraste, los sindicatos y las organizaciones de agricultores han reclamado insistentemente una regulación y controles adecuados, en especial porque los productores y los consumidores son los grupos más afectados por todo esto. Los reclamos de soberanía alimentaria de los movimientos sociales invariablemente incluyen la propuesta de dar urgente prioridad a los mercados locales y regionales y aplicar medidas para reducir el dominio de los mercados internacionales y de las empresas que los controlan. Otras de las medidas propuestas son la suspensión, si no el desmantelamiento, del Acuerdo sobre la Agricultura de la OMC, la fijación de impuestos a las empresas del agronegocio para mejorar la distribución de los recursos y el establecimiento de reservas estratégicas nacionales. Esto permitiría a los gobiernos manejar las existencias con mayor eficiencia, alentar la competencia, inhibir la formación de monopolios, realizar investigaciones formales sobre la especulación en los mercados de commodities y luego adoptar medidas para controlarla, y otras medidas por el estilo. [13] Hay numerosas opciones, si verdaderamente queremos cambiar las cosas. Luego está el tema de la agricultura propiamente dicha. La crisis alimentaria ha galvanizado las voces de la vieja Revolución Verde para pedir más de los mismos paquetes verticalistas de semillas, fertilizantes y agroquímicos. Como la razón principal de que la crisis alimentaria perjudica tanto a tanta gente es porque no puede pagar los altos precios actuales, aumentar la producción no resolverá necesariamente las cosas, en especial si eso significa aumentar los costos de producción. Las variedades de alto rendimiento de alimentos básicos por las que tanto entusiasmo tienen el Grupo Consultivo para la Investigación Agrícola Internacional (CGIAR), la FAO y la mayoría de los ministerios agrícolas, requieren más fertilizantes y otros productos químicos basados en el petróleo, todos los cuales han sufrido enormes aumentos de precios que en los hechos los colocan fuera del alcance de numerosos agricultores. En todo caso, los fertilizantes químicos son una de las causas principales de los gases de efecto invernadero producido por la agricultura. Echar más en suelos ya agotados, como predican ahora muchos entusiastas de la Revolución Verde, no haría sino empujar más al mundo hacia el caos climático y profundizar la destrucción de la vida de los suelos. En esto, nuevamente, hay una vasta gama de propuestas y experiencias sólidas para avanzar a métodos agrícolas que son productivos, no se basan en el petróleo y están bajo el control de pequeños agricultores. Existen estudios científicos que demuestran que esos métodos pueden ser más productivos que la agricultura industrial, y que son más sustentables. [14] Si cuentan con el debido apoyo, esos sistemas agrícolas locales, basados en el conocimiento indígena, enfocados en conservar suelos saludables y fértiles, y organizados en torno a una utilización amplia de la biodiversidad disponible localmente, nos muestran formas de salir de la crisis alimentaria. Para poder avanzar a partir de esos sistemas es necesario dejar de confiar en los expertos del Banco Mundial y el CGIAR y en cambio comenzar a hablar con las comunidades locales. Sería necesario no solamente crear nuevas estrategias y colaborar con distintos actores, sino también poner fin a la criminalización de la diversidad de manera que los agricultores puedan acceder, desarrollar e intercambiar semillas y experiencias libremente. Implicaría, también, que los gobiernos dejen de promover el agronegocio y los mercados de exportación, y comiencen a proteger y reverenciar las técnicas, el conocimiento y las capacidades de sus propios pueblos. TIEMPO DE MOVILIZARSE Es claro que quienes no somos del gobierno ni del sector empresarial necesitamos unirnos más que nunca para construir nuevas solidaridades y frentes de acción, no solamente para encontrar soluciones a los problemas inmediatos de la crisis alimentaria sino también para construir soluciones a largo plazo. Si no trabajamos juntos y juntas para facilitar un cambio en el poder que ponga en primer lugar las necesidades de los sectores pobres rurales y urbanos, definitivamente tendremos más de lo mismo. Reorientar nuestros sistemas agrícolas y alimentarios para que sean más justos, más ecológicos y verdaderamente efectivos en su función de alimentar a los pueblos no es una tarea fácil, pero seguramente todos y todas tenemos un papel a cumplir. En lugar de esperar o buscar soluciones prefabricadas debemos crear esos mejores sistemas ahora, colectivamente. =========================================================== [1] Ver, por ejemplo, la contribución de GRAIN, “El negocio de matar de hambre”, A contrapelo, abril de 2008, http://www.grain.org/articles/?id=402 “Chiang Rai farmers protest”, The Nation, Bangkok, 15 de mayo de 2008, http://nationmultimedia.com/breakingnews/read.php?newsid=300728773 Leo Lewis, “Food crisis forces Malaysia into barter: palm oil for rice”, The Times, Londres, 14 de mayo de 2008, http://business.timesonline.co.uk/tol/business/industry_sectors/natural_resources/article3930237.ece. Ya se ha sacado del mercado aproximadamente un tercio del arroz que se comercializa en el mundo. Ver “Nigeria: Food crisis, not just rice”, Vanguard, Lagos, 14 de mayo de 2008, http://allafrica.com/stories/200805140253.html4 ” Food crisis looming over Korea”, Chosun Ilbo, Seúl, 4 de marzo de 2008, http://english.chosun.com/w21data/html/news/200803/200803040011.html5 “Food crisis turns banks into field hunters”, Sabah, Turquía, 15 de mayo de 2008, http://english.sabah.com.tr/A67FE5AE3F2C485087CC1023DEAF5C94.html. Simeon Kerr y Farhan Bokhari, “UAE investors buy Pakistan farmland”, Financial Times, Londres, 11 de mayo de 2008, http://www.ft.com/cms/s/0/c6536028-1f9b-11dd-9216-000077b07658.html6 Jamil Anderlini, “China eyes overseas land in food push”, Financial Times, 8 de mayo de 2008.[7] Alison Fitzgerald, Jason Gale y Helen Murphy, “World Bank ‘destroyed basic grains’ in Honduras”, Bloomberg, 14 de mayo de 2008, http://www.bloomberg.com/apps/news?pid=20601086&sid=aGxiawAqP0.w&refer=latin_america8 GRAIN, “El negocio de matar de hambre”, A contrapelo, abril de 2008, http://www.grain.org/articles/?id=409 Ver, por ejemplo, Geoffrey Lean, “Multinationals make billions in profit out of growing global food crisis”, Independent on Sunday, Londres, 4 de mayo.[10] Gresham Investment Management[11] Paul Waldie, “Why grocery bills are set to soar,” The Globe and Mail, 24 de abril de 2008.[|2] “Rice contract volume rises with speculators moving in,” Bangkok Post, 7 de mayo de 2008: http://www.biothai.org/cgi-bin/content/news/show.pl?0693 [13] Ver, entre otras fuentes, IUF, “Fuelling hunger”, Ginebra, 28 de abril de 2008, http://www.iuf.org/cgi-bin/editorials/db.cgi?db=default&ww=1&uid=default&ID=579&view_records=1&en=1 o National Family Farm Coalition, “Family farmers respond to the food crisis”, The Nation, Nueva York, 28 de abril de 2008, http://www.thenation.com/blogs/thebeat/31624814 Ver por ejemplo: http://www.farmingsolutions.org, http://www.grain.org/gd/, y http://www.sciencedaily.com/releases/2007/02/070218135635.htm =========================================================== LECTURA ADICIONAL: Documentos y enlaces sobre la crisis alimentaria – http://www.grain.org/go/crisis-alimentaria
Junio 17, 2008 a las 10:42 am |
La mercantilización de la vida
Por Walter Mingolo *
La cumbre sobre la crisis alimentaria realizada en Roma fue, a juzgar por los comentarios internacionales y por las expectativas del sentido común, una cumbre más. El único discurso que “desentonó” fue aquel que confrontó el problema cara a cara: Robert Mugabe, de Zimbabwe, que conminó a “terminar con las agendas cínicas”. Sin embargo, la prensa occidental criticó el mero hecho de que Mugabe fuera invitado a la cumbre y también destacó su hipocresía: la crítica de Mugabe a los diseños imperiales como causantes de la crisis alimentaria fue balanceada por la prensa, señalando que él mismo es una de las principales causas de las hambrunas en Zimbabwe.
En medio de las mutuas acusaciones aparece el problema en toda su claridad. No se trata, por cierto, de tomar partido por la posición de Mugabe o por la crítica de los estados y la prensa conservadora de Europa y Estados Unidos, sino de embarcarnos en una doble crítica. La prensa más abierta y liberal no dejó de señalar que “la retórica nunca podrá alimentar un mundo hambriento” (John Kay en el Financial Times, 11 de junio). Hay en verdad una lógica en marcha en este caso que tiene su paralelo en otros semejantes: por ejemplo, en el enfrentamiento de Mohammed Ahmadinejad con Estados Unidos y los países centrales de la Unión Europea, y los enfrentamientos entre Chávez y los Estados Unidos. Se trata de líderes indeseables para avanzar en los proyectos de desarrollo democrático en todo el planeta.
Hank Paulson, secretaria del Tesoro de Estados Unidos, afirmó que la crisis alimentaria no se debe a causas naturales, sino que es man-made. Puesto que la crisis es consecuencia de acciones humanas es posible y necesario resolver el problema. Propuso dos caminos, uno de corto y otro de largo alcance. El primero es la asistencia inmediata por parte de los estados nacionales prósperos para paliar el hambre en las regiones y poblaciones que viven en estas condiciones. El segundo camino es el desarrollo de la agricultura, particularmente en Africa.
Paulson y Mugabe ilustran las dos posiciones extremas. El discurso de Mugabe fue desacreditado por su propia historia personal de abusos en Zimbabwe. El discurso de Paulson, y el de Robert Zoellick, presidente del Banco Mundial, fueron aceptados como visiones sensibles para futuros globales.
Sin duda que la conducta de Mugabe en su país deja mucho que desear. Sin embargo, su discurso es un espejo en el que se mira el de Paulson. El discurso de Paulson responde a la retórica de salvación, ahora por el desarrollo económico, que los dirigentes de Estados Unidos y del Banco Mundial han puesto en escena desde la década del ’50. Antes lo fue por la conversión de almas al cristianismo o a la salvación de las personas transformadas a los principios civilizatorios de la Europa secular.
Detrás de la imagen salvacionista de los discursos de Zoellick y Paulson, se agazapa el proyecto mortal de la mercantilización de la vida, una de las últimas fronteras de avance de la economía capitalista, ahora en su etapa neoliberal. Nadie –en la vida en general– puede prescindir de alimentos y agua.
La producción de alimentos en Africa tiene varias ventajas, no tanto para los africanos como para los proyectos económicos imperiales. Mano de obra barata y, a la vez, también consumidora de la mercancía llamada alimento. Doble ganancia económica con posibilidades de ganancias políticas. Por un lado, el liderazgo de Estados Unidos, la Unión Europea y el Banco Mundial, permitiría confrontar la seria competencia de China, cuyas inversiones en Africa fueron notables en la ultima década, y continúan siéndolo. Simultáneamente, un proyecto de mercantilización de la alimentación y de la explotación del trabajo de millones de consumidores de los alimentos que producen tendría dos ganancias políticas adicionales para el proyecto imperial. Una, la de eliminar líderes rebeldes y problemáticos como Robert Mugabe. La otra, ignorar las propuestas descoloniales. Así, mientras que los discursos de Paulson y Zoellick son maquetas de reproducción de la colonialidad –bajo la lógica de explotación del trabajo y apropiación de recursos naturales–, el de Mugabe es el espejo del cinismo que él denuncia en los discursos del Banco Mundial. Sin embargo, dado el liderazgo de los primeros, liderazgo global que Mugabe no tiene, la retórica de modernización y desarrollo para justificar proyectos económicos de grandes beneficios –en la cumbre de Roma: Monsanto, Syngenta y DuPont, las principales compañías que controlan semillas y fertilizantes– ignora y oculta proyectos descoloniales de democratización alimentaria. Tales proyectos –como los de Vía Campesina y Soberanía Alimentaria, entre otros que no fueron invitados y ni siquiera mencionados en la cumbre– proponen soluciones a la crisis alimentaria y no la comercialización de la vida mediante la mercantilización de los alimentos.
* Profesor de Duke University (EE.UU.), investigador de la Universidad Andina Simón Bolívar (Ecuador).
Julio 7, 2008 a las 10:20 pm |
http://www.biodiversidadla.org/content/view/full/42175
http://www.biodiversidadla.org/content/view/full/42203
http://www.biodiversidadla.org/content/view/full/42207
http://www.biodiversidadla.org/content/view/full/42108
http://www.biodiversidadla.org/content/view/full/42060
http://www.biodiversidadla.org/content/view/full/41882
http://www.biodiversidadla.org/content/view/full/41952
Diciembre 4, 2008 a las 9:09 am |
Los supermercados y la crisis alimentaria mundial
Esther Vivas
ALAI AMLATINA, 03/12/2008, Barcelona.- La crisis alimentaria ha dejado sin comida a miles de personas en todo el mundo. A la cifra de 850 millones de hambrientos, el Banco Mundial añade cien más fruto de la crisis actual. El “tsunami” del hambre no tiene nada de natural, sino que es resultado de las políticas neoliberales impuestas durante décadas por las instituciones internacionales. Hoy, el problema no es la falta de alimentos sino la imposibilidad para acceder a ellos debido a sus altos precios.
Esta crisis alimentaria deja tras sí a una larga lista de perdedores y de ganadores. Entre los más afectados, se encuentran mujeres, niños y niñas, campesinos y campesinas expulsados de sus tierras, pobres urbanos… En definitiva, aquellos que engrosan las filas de las y los oprimidos del sistema capitalista. Entre los ganadores, encontramos a las multinacionales de la industria agroalimentaria que controlan de origen a fin la cadena de producción, transformación y comercialización de los alimentos. De este modo, mientras la situación de crisis azota, principalmente, a los países del sur global, las multinacionales del sector ven multiplicar sus ganancias.
Monopolios
La cadena agroalimentaria está controlada en cada uno de sus tramos (semillas, fertilizantes, transformación, distribución, etc.) por multinacionales que consiguen grandes beneficios gracias a un modelo agroindustrial liberalizado y desregularizado. Un sistema que cuenta con el apoyo explícito de las élites políticas y de las instituciones internacionales que anteponen los beneficios de estas empresas a las necesidades alimenticias de las personas y el respeto al medio ambiente.
La gran distribución, al igual que otros sectores, cuenta con una alta concentración empresarial. En Europa, entre los años 1987 y 2005, la cuota de mercado de las diez mayores multinacionales de la distribución significaba un 45% del total y se pronosticaba que ésta podría llegar a un 75% en los próximos 10-15 años. En países como Suecia, tres cadenas de supermercados controlan alrededor del 95,1% de la cuota de mercado; y en países como Dinamarca, Bélgica, Estado español, Francia, Holanda, Gran Bretaña y Argentina, unas pocas empresas dominan entre el 60% y el 45% del total. Las megafusiones son la dinámica habitual en el sector. De este modo, las grandes corporaciones, con su matriz en los países occidentales, absorben a cadenas más pequeñas en todo el planeta asegurándose su expansión a nivel internacional y, especialmente, en los países del sur global.
Este monopolio y concentración permite un fuerte control a la hora de determinar lo qué consumimos, a qué precio lo compramos, de quién procede, cómo ha sido elaborado, con qué productos, etc. En el año 2006, la segunda empresa más grande del mundo por volumen de ventas fue Wal-Mart y en el listado de las cincuenta mayores empresas mundiales se encontraban también, por orden de facturación, Carrefour, Tesco, Kroger, Royal Ahold y Costco. Nuestra alimentación depende cada día más de los intereses de estas grandes cadenas de venta al detalle y su poder se evidencia con toda crudeza en una situación de crisis.
De hecho, en abril del 2008 y frente a la situación de crisis alimentaria mundial, las dos mayores cadenas de supermercados de Estados Unidos, Sam’s Club (propiedad de Wal-Mart) y Costco (de venta a mayoristas), apostaron por racionar la venta de arroz en sus establecimientos aludiendo a una posible restricción en el suministro de este cereal. En Sam’s Club, se limitó la venta de tres variedades de arroz (basmati, jasmine y grano largo) así como la compra de sacos de arroz de nueve o más quilos a un total de cuatro por cliente; en Costco se restringió la venta de harina y de arroz frente al aumento de la demanda. En Gran Bretaña, Tilda (la principal importadora de arroz basmati a nivel mundial) también estableció restricciones a la venta de arroz en algunos establecimientos al por mayor. Con esta medida se puso en evidencia la capacidad de las grandes cadenas de distribución de incidir en la compra y venta de determinados productos, limitar su distribución e influir en la fijación de sus precios. Un hecho que ni siquiera se había producido en Estados Unidos tras la II Guerra Mundial, cuando sí se restringió el acopio de petróleo, neumáticos y bombillas, pero no de alimentos.
Cambio de hábitos
Otra dinámica que se ha puesto de relieve frente a la situación de crisis alimentaria ha sido el cambio de hábitos a la hora de hacer la compra. Ante la necesidad, por parte de los clientes, de abrocharse el cinturón y buscar aquellos establecimientos con precios más baratos, las cadenas de descuento han sido las que han salido ganando. En Italia, Gran Bretaña, Estado Español, Portugal y Francia, estos supermercados han visto aumentar sus ventas entre un 13% y un 9% el primer trimestre del 2008 respecto al año anterior.
Otro indicador del cambio de tendencia es el aumento de las ventas de marcas blancas que ya suponen, según datos del primer trimestre del 2008, en Gran Bretaña un 43,7% del volumen total de ventas, en el Estado Español un 32,8%, en Alemania un 31,6% y en Portugal y Francia alrededor del 30%. Cuando son, precisamente, las marcas blancas las que dan un mayor beneficio a las grandes cadenas de distribución y permiten una mayor fidelización de sus clientes.
Pero más allá del papel que la gran distribución pueda jugar en una situación de crisis (con restricciones a la venta de algunos de sus productos; cambios en los hábitos de compra, etc.), este modelo de distribución ejerce a nivel estructural un fuerte control e impacto negativo en los distintos actores que participan en la cadena de distribución de alimentos: campesinos/as, proveedores, consumidores/as, trabajadores/as, etc. De hecho, la aparición de los supermercados, hipermercados, cadenas de descuento, autoservicios…, en el transcurso del siglo XX, ha contribuido a la mercantilización del qué, el cómo y el dónde compramos supeditando la alimentación, la agricultura y el consumo a la lógica del capital y del mercado.
- Esther Vivas es miembro de la Red de Consumo Solidario y de la campaña No te comas el mundo. Es coautora del libro Supermercados, no gracias (Icaria editorial, 2007). Publicado en AAVV Introducción a la Crisis Alimentaria Global, Barcelona, No te comas el mundo.