Al cuerpo lo arrastraban sin prejuicios. Se escuchaban las hojas chirriando sobre los adoquines y los pasos distantes del ejecutor. Una melodía perdida en el olvido y su muerte.
Palabras que ya se repitieron y hoy vuelven a ser al mismo tiempo que se acaba con una existencia. Poco a poco todo desaparece, el gris cemento queda desprotegido y su soberbia reducida al desprecio.
